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DesQuehacerado

¿Qué tiene que pasar para que un niño pueda mirar la muerte y encontrarla normal?

En Cartucho, Nellie Campobello nos lleva a la Revolución Mexicana desde una mirada desconcertante: la de quienes crecieron entre soldados, fusilamientos y cadáveres, mientras la vida seguía ocurriendo alrededor.

A través de recuerdos fragmentarios, personajes que parecen saltar de una fotografía antigua y escenas que permanecen en la memoria mucho después de leerlas, Campobello nos muestra cómo la violencia puede convertirse en parte del paisaje cotidiano.

Pero ¿qué sucede con las personas que viven dentro de una guerra? ¿Cómo recordamos a quienes participaron en ella? ¿Y qué ocurre cuando una sociedad aprende a convivir con aquello que nunca debió parecerle normal?

En el nuevo episodio de Entre Líneas, nos adentramos en Cartucho: Relatos de lucha en el norte de México, para explorar la infancia, la memoria y las huellas que deja la violencia en una sociedad.

¿Qué tiene que pasar para que un niño pueda mirar la muerte y encontrarla normal?


En Cartucho, Nellie Campobello nos lleva a la Revolución Mexicana desde una mirada desconcertante: la de quienes crecieron entre soldados, fusilamientos y cadáveres, mientras la vida seguía ocurriendo alrededor.

A través de recuerdos fragmentarios, personajes que parecen saltar de una fotografía antigua y escenas que permanecen en la memoria mucho después de leerlas, Campobello nos muestra cómo la violencia puede convertirse en parte del paisaje cotidiano.

Pero ¿qué sucede con las personas que viven dentro de una guerra? ¿Cómo recordamos a quienes participaron en ella? ¿Y qué ocurre cuando una sociedad aprende a convivir con aquello que nunca debió parecerle normal?

En el nuevo episodio de Entre Líneas, nos adentramos en Cartucho: Relatos de lucha en el norte de México, para explorar la infancia, la memoria y las huellas que deja la violencia en una sociedad.

🎥 El video completo ya está disponible.
https://youtu.be/VvqWWpi5zgE

Cartucho, de Nellie Campobello.


#DesQuehacerado #EntreLíneas #NellieCampobello #Cartucho #LiteraturaMexicana #RevoluciónMexicana #EnsayoLiterario #Libros

1 week ago (edited) | [YT] | 1

DesQuehacerado

Tuvimos éxito.

Tuvimos éxito. Hoy, a mediados del siglo XXI, la apertura comercial, iniciada hace 50 años, ha logrado hacer de nosotros un país moderno. Aunque a costa de tres décadas de sacrificio de los trabajadores, hoy México es un país razonablemente incorporado a la economía mundial y se cuenta entre los países avanzados.

Tuvimos éxito. Hoy somos eficientes. Logramos resultados. En la producción y en la organización de la convivencia. Hay orden en las calles y en las universidades; hay limpieza; hay eficiencia en el gobierno. Es el progreso. En las relaciones humanas, aún al interior de las familias, entre los padres y los hijos, existe hoy una exigencia de pragmatismo.

Pero nos han quedado, a algunos al menos, ciertas nostalgias de un pasado que perdimos en la transición. ¿Qué perdimos? Perdimos la misericordia. La piedad hacia los ciegos y hacia los ancianos. La familia extensa en que los nietos escuchaban las historias increíbles de los abuelos. Tantas cosas que no eran eficientes.

La poesía, por ejemplo, que en algún tiempo expresó los sueños imposibles de los jóvenes o captó el encanto de la provincia e inventó lenguajes, ya casi desapareció. ¿Qué aporta un poeta al PNB?

Filósofos que indaguen los límites y posibilidades de nuestra existencia y que profundicen en la identidad de lo mexicano tampoco son hoy necesarios. Hoy somos, por fin, internacionales. Y el acceso a todo el saber necesario se puede comprar en un disco compacto de 20 dólares.

Tuvimos éxito, lo cual significa que somos competitivos. La competitividad era necesaria, desde luego, para nuestro desarrollo económico y aún para nuestro desarrollo personal; pero no nos dimos cuenta a tiempo de que, llevada al extremo, es exclusión del otro, destrucción del que se nos opone.

Tanto buscamos ser competitivos que perdimos mucho de la tradicional solidaridad. La de los vecinos. La del temblor de 1985. La de la pobreza.

La solidaridad subrayaba que todos los hombres éramos fundamentales iguales; algunos decían que porque éramos hijos de un mismo Dios, otros porque somos hijos de la misma tierra. La competitividad, inculcada hoy en las escuelas y vivida en los negocios, entroniza el principio de la supervivencia del más apto y la eliminación de los ineptos.

Hoy somos competitivos. Desaparecieron de nuestro territorio las costumbres indígenas que de alguna manera eran un testimonio de la posibilidad de compartir y nos educaban a todos en la solidaridad: las “faenas” colectivas, las decisiones por consenso en las asambleas de las comunidades, el trabajo en común de los ejidos y las mayordomías que nivelaban periódicamente las fortunas de todos.

Desaparecieron las “tandas” como sistema de ahorro solidario y las peregrinaciones a los santuarios en que todo se compartía entre los peregrinos. ¿Cómo no iban a desaparecer esas costumbres indígenas, si hace tiempo desaparecieron también nuestros indígenas? Tuvimos éxito y hoy somos más racionales. Las fiestas de los pueblos, con sus derroches de cirios y cohetes se fueron acabando. Con ellos –no nos dimos cuenta a tiempo– se extinguió el antiguo sentido de celebrar la vida. Perdimos, con las fiestas populares, los danzantes, los juegos y las golosinas, la picaresca de las carpas y las calles, los colores chillantes, los trajes típicos, las canciones apasionadas y las artesanías. No nos percatamos de que hacernos razonables, tan razonables, era perder un gran pedazo de nuestra alma: las fantasías, la ilusiones, las utopías. Se acabaron las loterías, los judas del sábado santo, la fe en los milagros y las hierbas medicinales. Ser más racionales significó que perdiéramos –¿Por qué tuvo que ser así?– la necesidad de la esperanza.

Tuvimos éxito porque creímos en la sabiduría del mercado, el gran mercado internacional y el venerable dinero que lo mueve. Esto era, nos dijeron, lo bueno del capitalismo. Había abundancia, consumo, flujo de dinero. Lo creímos. Y lo “hicimos”.

Pero no supimos distinguir a tiempo que la fuerza que movía todo el engranaje –el lucro– era una potencia devastadora que acabaría por corroer muchas cosas inestimables. Nuestros niños y jóvenes se educaron en la motivación de la ganancia y en el deseo de tener, y hoy somos tan pobres que no tenemos más que dinero.

Como todos los instintos, el afán de lucro es necesario, pero –como la nutrición o el sexo o la autoestima, que requieren regularse por la razón y autocontenerse por la ética– arrasó con muchas formas de convivencia que definían nuestra cultura. Perdimos la generosidad, la grandeza de alma para perdonar y aquella antigua virtud cristiana de la caridad, que decían era la principal.

El mercado nos proveyó de innumerables bienes innecesarios, pero no de los más importantes que no se compran ni venden. Entramos a la civilización moderna, la que está sometida a la riqueza material como valor supremo, y nos quedamos sin proyecto humano, sin ideales y con la mínima y pragmática moral de conveniencia que requiere el sistema para funcionar.

Se nos dice que somos ya parte del mundo libre y que la libertad es la esencia de este nuevo orden internacional. Podemos, sí, escoger entre muchas marcas de jabones, pero ¿no era todo lo que perdimos condición de otras libertades más profundas, la libertad de nuestra cultura mexicana, la libertad ante el misterio, con sus angustias e incertidumbres, la que estremecía a Nezahualcóyotl y a Calderón de la Barca –nuestras raíces– la libertad de la trascendencia, la de seguir siempre buscando lo que somos? ¿No entregamos, como oro por cuentas de vidrios, esta libertad y este riesgo de ser hombres a cambio de tener muchas marcas de jabón?

El mundo feliz llegó a México. Lo cambiamos por la Suave Patria. Tuvimos éxito. ¡Felicidades!

-Pablo Latapí

#desquehacerado #liberalismo #libertad #exito

2 weeks ago | [YT] | 4

DesQuehacerado

Hay novelas que llegaron demasiado temprano.

Mercaderes del espacio fue publicada en 1953, mucho antes de internet, las redes sociales o los algoritmos. Sin embargo, describe un mundo donde las grandes corporaciones fabrican deseos.

Un mundo donde el mercado nos convence de querer exactamente aquello que necesita que queramos.

Si te gustan los ensayos sobre literatura, filosofía, psicología y política, este es uno de los análisis más ambiciosos que hemos hecho en Entre Líneas.

🎥 El video completo ya está disponible. https://youtu.be/M5xPSlpAYHE?si=GQwC9...

Y cuéntame en los comentarios:
¿Crees que hoy elegimos realmente lo que deseamos... o alguien aprendió a decidirlo antes que nosotros?

#MercaderesDelEspacio #FrederikPohl #CMKornbluth #CienciaFicción #Distopía #Literatura #EntreLíneas #DesQuehacerado #Filosofía #Psicología #Sociología #Capitalismo #EdwardBernays #ByungChulHan #GuyDebord #Baudrillard #MarkFisher #Tecnofeudalismo #Lectura #Libros #Bookstagram

2 months ago | [YT] | 7

DesQuehacerado

Después de varios meses sin publicar, por fin hay video nuevo. ❤️

Antes que nada, quiero pedirles una disculpa por la ausencia y, al mismo tiempo, darles las gracias. En estos meses el canal siguió creciendo y llegaron muchos suscriptores nuevos. De verdad, gracias por quedarse y por darle una oportunidad a este proyecto.

El nuevo episodio se estrena este domingo 26 de julio a las 10:00 a. m.

Quiero contarles también que este episodio tiene un formato mucho más austero. Fue una decisión consciente. Me di cuenta de que el nivel de producción que estaba intentando alcanzar hacía prácticamente imposible publicar con la constancia que me gustaría. Prefiero ofrecerles videos más sencillos visualmente, pero con el mismo cuidado en la investigación y la escritura, antes que desaparecer durante meses entre un video y otro.

Mi esperanza es que este cambio me permita compartir contenido con mucha mayor frecuencia.

Y, por cierto, si alguna vez han tenido curiosidad por apoyar el canal, recuerden que pueden probar la membresía gratis durante un mes. Es una gran forma de conocer sus beneficios sin ningún compromiso.

Espero de corazón que disfruten este análisis de Frankenstein. Creo que es uno de los trabajos más importantes que he hecho para el canal.

Gracias por seguir aquí. Nos vemos el domingo. 🖤

3 months ago | [YT] | 6

DesQuehacerado

Hace poco escribí una frase sencilla:
“La ciudad amaneció con resaca”.

La plataforma no la borró.
No me castigó.
Solo añadió un recuadro gris aclarando que una ciudad no puede tener resaca.

Y me quedé pensando.

¿Qué pasa cuando las metáforas empiezan a parecer sospechosas?
¿Qué ocurre cuando todo debe ser literal, claro, verificable, útil?
¿Cuando el arte se convierte en contenido y el silencio en pérdida de retención?

Este relato no habla de censura explícita.
Habla de algo más sutil.

De cómo la imaginación puede volverse irrelevante en un mundo que mide el valor por el rendimiento.

Si alguna vez te has preguntado por qué la música ya no incomoda, por qué todo tiene que explicarse o por qué los debates parecen espectáculos de enojo, quizá este relato te interese.

Te dejo el enlace para leerlo completo.

desquehacerado.wordpress.com/2026/02/13/el-rendimi…

#cuentos #relatosdelavidareal #Relatosparanodormir #cuentocorto #desquehacerado #destacar #censura

8 months ago | [YT] | 2

DesQuehacerado

Hace poco escribí una frase sencilla:
“La ciudad amaneció con resaca”.

La plataforma no la borró.
No me castigó.
Solo añadió un recuadro gris aclarando que una ciudad no puede tener resaca.

Y me quedé pensando.

¿Qué pasa cuando las metáforas empiezan a parecer sospechosas?
¿Qué ocurre cuando todo debe ser literal, claro, verificable, útil?
¿Cuando el arte se convierte en contenido y el silencio en pérdida de retención?

Este relato no habla de censura explícita.
Habla de algo más sutil.

De cómo la imaginación puede volverse irrelevante en un mundo que mide el valor por el rendimiento.

Si alguna vez te has preguntado por qué la música ya no incomoda, por qué todo tiene que explicarse o por qué los debates parecen espectáculos de enojo, quizá este relato te interese.

Te dejo el enlace para leerlo completo.

desquehacerado.wordpress.com/2026/02/13/el-rendimi…

8 months ago | [YT] | 2

DesQuehacerado

Se nos fue el hombre que aprendió a cantar como quien escupe una verdad que arde. Se nos fue el pájaro con alas sucias, el que sabía que volar también es caer, pero aún así lo intentaba. Una y otra vez.


Hoy el mundo suena raro, como si alguien hubiera desconectado la guitarra del sol. Como si faltara ese acorde torcido que acomodaba el alma.


Robe, poeta del barro, filósofo sin púlpito, hermano mayor de los que caminan sin mapas: ¿quién nos va a decir ahora que el dolor puede rimar sin dejar de doler? ¿Quién va a enseñarnos que la rabia también abraza si se canta desde adentro?


Hay noches que llevan tu nombre: las de cerveza tibia, las de querer largarse sin irse, las de mirar el techo esperando que algo duela menos. Ahí estabas tú, con tu voz afilada, cortando la oscuridad como un cuchillo pequeño pero suficiente.


Te fuiste, sí. Pero no del todo. Porque quedan tus versos, esas criaturas que pariste con las manos rotas; y quedan tus gritos, que ahora son nuestros; y queda tu forma de mirar la vida como si fuera una herida bella.


Hoy te lloramos sin vergüenza, con ese llanto tupido que se queda en la garganta antes de hacerse agua. Pero también te celebramos, porque algunos hombres no mueren: se vuelven canción.


Y tú, Robe, que siempre cantaste como si ardieras, hoy sigues ardiendo. En las bocas que repiten tus versos, en la gente que sigue encontrando consuelo en tus palabras ásperas, en el ruido que dejaste prendido para que no nos sintiéramos solos.


Descansa donde quieras, maestro. Aquí seguiremos, aullando lo que nos enseñaste: que la vida, rota o entera, se canta igual. Que uno puede perderlo todo menos la música.


Y que hay voces, como la tuya, que no se apagan: se quedan encendidas en la noche, guiándonos como faros cansados pero tercos.


Como tú.

10 months ago | [YT] | 3

DesQuehacerado

Cada 31 de octubre, las calles se llenan de monstruos de plástico y brujas con maquillaje de farmacia. En apariencia, es una noche para disfrazarse, asustar niños y justificar la sobredosis de azúcar. Pero si uno rasca la pintura fosforescente, Halloween revela algo mucho más interesante: la historia de cómo la ideología cambia de piel, como un demonio que aprendió marketing.

Halloween no nació en Walmart. Sus raíces están en Samhain, la celebración celta que marcaba el fin de la cosecha y el inicio del invierno —esa temporada donde la oscuridad se cuela hasta en los huesos. Los celtas creían que en esa noche el velo entre vivos y muertos se adelgazaba; encendían hogueras, se disfrazaban, dejaban comida para los espíritus.

Era, en resumen, un ritual para negociar con el miedo.

Luego llegó la Iglesia, con su eficiencia simbólica, y decidió que esas costumbres paganas podían reciclarse. Movió la fecha de Todos los Santos al 1 de noviembre y creó su vigilia, All Hallows’ Eve, que con el tiempo se contrajo en Halloween. En términos ideológicos, fue una genialidad: en lugar de prohibir el rito, lo bautizó. Sincretismo en su máxima expresión.
La Iglesia no destruyó los símbolos paganos: los nacionalizó.

Siglos después, los inmigrantes irlandeses llevaron sus costumbres a Estados Unidos, donde la industrialización hizo el resto. A mitad del siglo XX, Halloween ya era una fábrica de consumo: disfraces de poliéster, caramelos corporativos, calabazas patrocinadas.

El miedo ritual se volvió mercancía, y el antiguo diálogo con los muertos se transformó en un trick or treat gestionado por multinacionales. Donde antes había hogueras, ahora hay luces LED.

Y sin embargo, hay algo profundamente humano en esa comercialización: seguimos tratando de domesticar la muerte, solo que ahora lo hacemos con papel aluminio y chocolate. El capitalismo, como siempre, no elimina las creencias: las monetiza.

Cada año, algún predicador o político local resucita el mismo argumento: que Halloween es satánico.

Nada nuevo: desde los años 80 —época del Satanic Panic— ciertos grupos religiosos conservadores han visto en Halloween una conspiración para adorar al demonio y corromper a los niños. La evidencia empírica es, por decirlo suavemente, nula. No hay ritos satánicos masivos ocultos entre los niños disfrazados de Spiderman.

El “Halloween satánico” funciona como un mecanismo ideológico de pureza: señalar el mal en el exterior para no reconocer la violencia en casa. Los mismos que ven demonios en las calabazas suelen ignorar que viven en sociedades que celebran guerras, castigan la diferencia y glorifican la riqueza.

Pero claro, es más fácil exorcizar a un murciélago de plástico que a un sistema.
Decir que Halloween “no tiene ideología” es tan absurdo como decir que un payaso no da miedo.

Toda práctica humana, incluso la más trivial, está atravesada por ideas, valores, relaciones de poder. Lo interesante es observar cómo la ideología se reconfigura:
La Iglesia la usó para cristianizar.

El capitalismo, para vender.

Y nosotros, hoy, para jugar, reírnos del miedo y sentir —por una noche— que la muerte no manda.

Nada está exento de ideología porque todo acto cultural es una negociación simbólica. La pregunta no es si Halloween es “puro” o “corrupto”, sino a quién sirve hoy su significado. Y la respuesta, como siempre, depende de quién sostenga la linterna.

Pero el gesto más ideológico no es disfrazarse de monstruo, sino creer que debajo del disfraz hay un “yo” auténtico. Halloween nos recuerda que todos llevamos máscaras, y que algunas —las del poder, la fe, el mercado— son tan viejas que ya se confunden con la piel.

Así que, cuando alguien te diga que Halloween es satánico, puedes responderle:

—No, amigo, es peor. Es humano.

Y por eso mismo, inevitablemente ideológico.

#halloween #ideología #samhain

1 year ago | [YT] | 5

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El 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental.
Una fecha que, al menos en teoría, busca recordarnos la importancia de cuidar nuestra mente, de hablar sobre el sufrimiento, de romper el silencio. Sin embargo, con los años, la efeméride ha ido perdiendo su carácter político para volverse un eslogan amable. Las redes sociales se llenan de consejos para “vivir en equilibrio”: tomar agua, dormir bien, hacer yoga, meditar, respirar. Todo parece un manual de supervivencia emocional en tiempos de ansiedad.
Pero detrás de esa retórica del bienestar hay una trampa más sutil: la idea de que el malestar es un problema individual, un asunto de actitud, un desequilibrio que se corrige con voluntad.

La salud mental se ha privatizado.
Ya no se discute como una cuestión social o estructural, sino como un fallo íntimo que cada quien debe reparar en silencio. “Tú puedes”, “todo está en tu mente”, “sé resiliente”. El discurso contemporáneo sobre la salud mental tiene el tono dulce del autoengaño: pretende cuidar, pero en realidad domestica. Porque mientras nos invita a mirar hacia adentro, desvía la mirada de aquello que nos enferma hacia afuera: el sistema que nos obliga a rendir, a competir, a sobrevivir.

Byung-Chul Han lo ha explicado con lucidez: vivimos en la sociedad del rendimiento, un régimen en el que el sujeto ya no obedece órdenes externas, sino que se explota a sí mismo en nombre de la libertad. La violencia no desapareció; se interiorizó. Ahora somos nuestros propios jefes, nuestros propios jueces, nuestros propios carceleros. El imperativo ya no es “debes”, sino “puedes”.
Y bajo ese “puedes” se esconde una exigencia infinita: ser productivo, ser feliz, ser resiliente, estar bien. El fracaso no se interpreta como una consecuencia del sistema, sino como una deficiencia personal. La tristeza, la fatiga o el miedo dejan de ser síntomas del malestar colectivo para volverse errores de gestión emocional.

En este contexto, las terapias y pseudoterapias del bienestar actúan como dispositivos de contención. No buscan transformar las causas del sufrimiento, sino amortiguar sus efectos. Su función es mantenernos funcionales dentro del mismo entorno que nos enferma. Aprendemos a respirar mejor, a meditar mejor, a dormir mejor, para seguir siendo productivos sin desmoronarnos del todo. La industria del bienestar es la nueva morfina del capitalismo tardío: un calmante que convierte el malestar en un problema de voluntad.

Para Diego Fusaro, la palabra resiliencia se ha convertido en el emblema moral del capitalismo contemporáneo. Nació como una noción psicológica —la capacidad de recuperarse ante la adversidad—, pero el sistema la convirtió en una consigna política. Ser resiliente hoy significa aprender a soportar lo insoportable. Significa adaptarse sin protestar, reponerse sin rebelarse, levantarse una y otra vez, aunque el golpe provenga siempre del mismo lugar.

Fusaro dice que la resiliencia es la virtud de los nuevos esclavos: sujetos que han aprendido a resistir sin cuestionar, a sobrevivir sin transformar. Es la ética del aguante, la religión del “seguir adelante”. Y, en efecto, eso es lo que el sistema necesita: individuos dóciles, flexibles, emocionalmente autorregulados, capaces de funcionar en condiciones inhumanas sin detener el flujo de la producción.
La resiliencia, así entendida, no libera: normaliza. Es la pedagogía del conformismo disfrazada de fuerza interior.

Pero el problema no está en la palabra, sino en su apropiación ideológica.
Porque en otro contexto, la resiliencia podría ser resistencia. Podría ser el punto de partida para imaginar otras formas de vida, otras estructuras de apoyo, otras maneras de sanar. Pero el neoliberalismo lo convierte todo en mercancía, incluso la sanación. Nos vende cursos de meditación, retiros de silencio, libros de autoayuda, y hasta terapias de “autoconocimiento” que en el fondo buscan que sigamos funcionando dentro del mismo engranaje que nos desgasta.

De esta manera, el sufrimiento deja de ser una alarma social para convertirse en un indicador de debilidad. Y así, se borra el carácter político del malestar. La ansiedad de un trabajador precario, el agotamiento de una madre sin redes de apoyo, la depresión de un joven que no puede pagar la renta, se interpretan como desajustes individuales, no como síntomas de una enfermedad colectiva. Pero no hay salud mental posible en un sistema que premia la hiperproductividad y castiga el descanso.
El problema no está en la mente: está en el modelo.

Byung-Chul Han afirma que hemos perdido la capacidad de detenernos. Vivimos bajo el imperativo de la positividad: todo debe ser posible, todo debe ser mejorado, todo debe ser gestionado. Incluso el sufrimiento se mide en términos de eficiencia. Nos dicen que hay que “trabajarlo”, como si la tristeza fuera una tarea pendiente o una meta incumplida. Pero no todo lo que duele tiene solución individual.
Algunas heridas son sociales.
Algunas depresiones son estructurales.
Algunas ansiedades son políticas.

Y frente a eso, el cuidado personal no basta.
Podemos hacer yoga, terapia o mindfulness, pero nada de eso servirá si seguimos inmersos en un sistema que patologiza la pausa, que nos exige rendimiento emocional, que nos enseña a sonreír mientras nos quiebra. La salud mental no puede desligarse de la justicia social. No habrá bienestar posible mientras la precariedad, la competencia y el aislamiento sigan siendo el paisaje cotidiano de nuestras vidas.

Por eso, este 10 de octubre no debería ser una fecha para recordar que “debemos cuidarnos”, sino para preguntarnos de qué —y de quién— tenemos que cuidarnos. Porque no es síntoma de buena salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.
Quizás cuidar la mente implique, ante todo, negarse a seguir funcionando.
Negarse a la lógica del aguante.
Rechazar la resiliencia entendida como obediencia.
Y recordar que, a veces, el acto más saludable no es aprender a resistir, sino atreverse a decir basta.

#díamundialdelasaludmental #desquehacerado #saludmental

1 year ago | [YT] | 7

DesQuehacerado

Hoy, 30 de agosto, nuestras calles, nuestras redes y nuestras memorias se tiñen de rostros que ya no regresan. La conmemoración del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas es más que una fecha en el calendario: es un espejo que nos interpela.

En cada cartel pegado en columnas, postes o muros, vemos los ojos de quienes simplemente viven, estudian, sueñan... ¿Acaso su ropa, su corte de cabello, su barrio determina su destino? El sistema nos ha acostumbrado a mirarlos con recelo: “Es que velo… seguro andaba en algo”, repetimos sin cuestionar. Pero sí hay algo cierto: los desaparecidos no tienen algo que ocultar, sino que sus caras son las nuestras, las de quienes comparten belleza, angustia, rutina... y temor .

En México, el horror no es solo pasado, pero ya no sorprende. Nos indigna, sí, pero lo acostumbrado se vuelve silencio, indiferencia… hasta que lo vemos cerca, y entonces pensamos, sin pensarlo: “Es que velo…” .

Ese silencio es parte del sistema que prevalece. Un sistema que no quiere que busquen, porque si buscan, encontrarán complicidades. Encontrarán verdades. Y muchas verdades son insoportables. Por eso las madres buscan, porque ellas sí ven lo que otros ignoran. Porque ellas son las verdaderas buscadoras de justicia, arqueólogas del dolor y de la memoria. Y porque han aprendido, una y otra vez, que lo que falta no es solo un cuerpo o un nombre: es el reconocimiento de una vida.

Hoy no es un día cualquiera. Es un día para mirar directo a los rostros y decir no me olvides. Para asumir que el horror no es inevitable, sino producto del silencio. Y que solo con memoria, presión y verdad podremos romper el ciclo de impunidad.

Porque sus ojos siguen aquí. Buscamos con ellas y ellos.

Te invito a leer y compartir el texto “La cara de los desaparecidos”

desquehacerado.wordpress.com/2025/04/16/la-cara-de…




#díadelosdesaparecidos #DesaparicionForzada #MemoriaVerdadYJusticia #MemoriaYJusticia #MemoriaYResistencia

1 year ago | [YT] | 7